Entre el ruido de los organilleros, los olores de la comida en los puestos y el ir y venir de miles de personas que cada fin de semana cruzan la Alameda Central, el Palacio de Bellas Artes y el Zócalo, existe desde hace varios meses una pequeña celebridad que camina lento, en fila india, detrás de su familia. Se llama Merlín, tiene dos años y es un pato.
Lo que lo distingue no es solo su presencia. Es que parece saber exactamente a dónde va.
Karla Gómez lleva su carrito de aguas y refrescos a esas calles cada semana. La acompaña su hijo pequeño, Cristian, y casi siempre también Merlín, que sigue al niño a paso corto por las banquetas del primer cuadro como si hubiera nacido para eso.
La gente lo para. Le pide foto. Se agacha a verlo de frente. Los transeúntes que lo conocen ya lo saludan por nombre; los que lo descubren por primera vez se quedan un momento parados, mirándolo, intentando procesar lo que ven.
El nombre lo eligieron por el mago de la leyenda.
Lo que pocos saben es que Merlín llegó a la familia como un regalo de consuelo. Antes de él hubo otra pata, Waffle, que también hacía el recorrido por el centro y también tenía sus seguidores. Cuando Waffle murió, Cristian quedó muy triste. Una clienta que ya conocía al carrito y a la familia fue quien les trajo al nuevo integrante.
Merlín creció en esas calles. Las conoce. Las recorre.
Hay algo que la ciencia llama impronta: el proceso por el cual un pato recién nacido se vincula de manera casi irreversible con el primer ser que lo cuida. No importa si es su madre biológica o no. Una vez que sucede ese vínculo, el animal sigue a esa figura, aprende de ella, la considera su mundo. Por eso Merlín no se pierde, no se escapa, no se asusta entre la multitud. Kristian es su mundo. Karla también.
El jueves pasado, México jugó en casa su primer partido de este Mundial y venció a Sudáfrica 2-0. Desde entonces, el Centro Histórico amanece con más banderas, más camisetas verdes y más ruido de lo habitual cerca del Fan Fest del Zócalo. Merlín sigue su ruta.
Quizás nadie lo vea todavía como un símbolo. Pero en el barrio ya lo es: el pato que vende aguas, que sigue al niño, que no falta incluso para apoyar a la selección.


